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Blog de Oscar Contardo, periodista y escritor

Domingo 28 de julio de 2013 Panoramicas de Santiago

La marca de Santiago

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Hasta hace poco para los turistas extranjeros la capital era un pasillo. Una sala de tránsito rumbo al paisaje virgen del norte o del sur. La promesa postal chilena incluía montañas, lagos, desiertos pero poca vida humana, nada de calles bulliciosas ni gente ni menos ciudades. Santiago, por lo tanto, era para la imagen internacional un trámite al que había que resignarse por una tarde.

Pero hoy se da una tímida tendencia que tal vez marque un cambio hacia algo nuevo. La estadía de los turistas extranjeros en Santiago se ha extendido en días, y la capital parece comenzar a provocar interés internacional. La idea de desarrollar una campaña para hacer de Santiago algo más que un punto de conexión cobra fuerza.

Cuando en 2011, el New York Times eligió a Santiago como el lugar más interesante para visitar durante ese año, la imagen que acompañaba la nota no era la clásica vista del incipiente skyline de El Golf con la cordillera nevada de fondo. No. La foto escogida era la escalera de concreto exterior del GAM con el callejón de edificios que se desprenden desde Lastarria. Puro cemento en primer plano.

Aquella imagen y el texto tenían algo en común: se concentraban en la ciudad actual, la de las tocatas pop y la movida teatral, simbolizada en un edificio de arquitectura atractiva y monumental con una historia zigzagueante. Dejaba de lado lo pintoresco y la obsesión por los Andes para concentrarse en aquello que hace que una ciudad tenga carácter: la gente que la habita y su modo de vida.

En general la promoción de Chile en el exterior está despojada de rostros, actividades y costumbres. Todo lo que conforma un modo de vida particular y que es la principal razón para visitar una ciudad y no otra. La arquitectura es importante, pero sólo cuando forma parte de una historia y una actualidad.

El encanto de Londres o París no es el mero resumen de sus edificios, sino la manera en que sus actuales habitantes ocupan su historia. La relación que se establece con el patrimonio es tan importante como el patrimonio mismo. Río de Janeiro son las playas, pero también la cultura en torno a ellas, incluso, las favelas. Buenos Aires es su bohemia, y Lima las cinco mil maneras de cocinar de sus habitantes.

Por eso, Santiago debe poner en escena algo propio que tenga que ver más con quienes la habitan que con una ensoñación publicitaria prefabricada vacía de realidad y de gente.

Santiago es la ciudad desde la cual saltaron al mundo figuras universales como Neruda, Violeta Parra y Roberto Matta; es una capital con influencias múltiples pero por sobre todo es una confederación de barrios.

Cierta obsesión local por la uniformidad ha hecho vista gorda de los microcosmos santiaguinos, sobre todo los del centro, que conforman justamente el atractivo de una urbe. Franklin, La Vega, el Barrio República, Yungay, Mapocho y Bellas Artes, desde el baratillo folclórico al café coqueto, conforman un alfabeto común de una ciudad que tiene una lengua tan propia como el acento deshuesado que todos hablamos y que tanta curiosidad provoca fuera.

Un dialecto santiaguino difícil de apreciar porque lo nuestro nunca fue la exuberancia, ni la jactancia, nunca fuimos ricos, ni puerto principal. Lo propiamente capitalino está en algún lugar entre nuestro pasado rural y esa ironía a veces cruel y desbocada con la que Raúl Ruiz conquistó París; entre las obsesiones infernales de Donoso y la tormenta nocturna de Bolaño

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