El Caleidoscopio

Blog de Paz Zárate, abogada internacionalista

Miércoles 18 de septiembre de 2013 primera

Nada es imposible: Omayra y Naomi

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Esta es la historia de dos escolares chilenas, Omayra y Naomi. La semana pasada, sus nombres aparecieron en comunicados de prensa. Habían ganado un premio científico mundial en Suecia por una investigación que realizaron en la Antártica, enfocada en limpiar sus aguas de contaminación por petróleo a través del uso de bacterias. Su innovador proyecto ya había llamado la atención en Chile, y ese día en Estocolmo su trabajo se impuso sobre el de numerosos equipos de países desarrollados. Recibieron su premio de manos de la princesa Victoria de Suecia ataviadas con un traje típico, que ellas decidieron fuera de inspiración mapuche.

Estas chicas, a los 17 años, son veteranas de congresos y ferias científicas. Se explayan con desplante sobre experimentos y metodologías frente a medios extranjeros y expertos internacionales en un inglés de acento perfecto, que ya quisiéramos ver en nuestras figuras públicas (como muestra el video a continuación).

Su logro, que no fue todo lo comentado que merece, es una hazaña en varios niveles.

Estas extraordinarias adolescentes no fraguaron sus talentos en un colegio privado. Una es hija de taxista y de contadora en Quilicura; la otra es hija de una vendedora de ropa y un funcionario de banco en Puente Alto. La profesora de Biología del Liceo municipal al que asisten las estimuló a pensar en grande, instándolas a buscar ideas en publicaciones internacionales para proyectos de concursos científicos locales. Tras años trabajando con ellas –aprendiendo de cada fracaso-, las puso en contacto con un académico de la Universidad de Chile, que generosamente permitió que dos pingüinas tuvieran acceso a su laboratorio y a las valiosas muestras que manejan sus tesistas. Así desarrollaron el proyecto que las catapultó al éxito a nivel nacional e internacional.

El ejemplo de Omayra y Naomi ciertamente devuelve un poco de mística y fe a la educación municipal. El franco declive de su matrícula y su prestigio significa que hoy es cada vez más difícil encontrar a ex-liceanos entre la clase dirigente: los que existen, comprueban que haber estudiado en un liceo “con número” constituye a menudo un estigma. El nivel de desesperanza es tal, que casi no hay padres que envíen voluntariamente a sus hijos a una escuela pública si tienen los medios -por escasos que sean- para evitarlo.

Bien sabemos todos que el lugar de la educación pública en nuestra sociedad debe cambiar dramáticamente si queremos que el ideal del desarrollo se haga realidad: un país meritocrático, donde todos puedan aspirar a una vida mejor sobre la base del trabajo duro, sin importar su origen social. Esa reforma implica hacer de la educación pública una prioridad nacional, inyectándole al sector los recursos del caso. Sin embargo, hay algo que es independiente de los recursos y que los mayores medios materiales no garantizan, ni garantizarán. La motivación personal de un profesor por ir más allá de la mera entrega del contenido obligatorio a sus alumnos. La íntima decisión de un alumno de desafiar sus circunstancias de origen; asumir que el desarrollo de sus capacidades al mayor nivel no es algo alcanzable sólo por quienes tienen mayores recursos; y consagrar gran parte de su tiempo a este proceso de transformación personal.

Pero hay más. Tanto en Chile como en el extranjero, existe una brecha de género importante en cuanto a liderazgo (por dar un ejemplo; de 35 columnistas de Voces de La Tercera, sólo 7 somos mujeres; y ninguna mujer entre los columnistas regulares de actualidad política de este diario en su versión impresa). En el área científica y tecnológica, esta brecha de género es aún más marcada . A pesar de que la mitad de los titulados de pregrados universitarios son mujeres, la presencia femenina decae en actividades de investigación y desarrollo a medida que sus carreras avanzan. Un factor importante en esta menor participación femenina son los estereotipos culturales – esos que aprendemos bien temprano en la vida, en casa (“mijita, sírvale el almuerzo a su papá/hermano”; “¿en serio le vas a regalar un microscopio/telescopio a tu hija? ¿eso no es como de hombres?”; y mientras al niño líder se le aplaude, a la niña líder frecuentemente le harán bromas por lo “mandona”). Así las cosas, nos parecerá enteramente normal que a una profesional embarazada se le pregunte abiertamente cómo compatibilizará su trabajo con el rol de madre; y que a un futuro padre profesional nunca se le haga la misma pregunta. Resulta triste comprobar, leyendo en un reciente estudio de Conicyt, que la mayoría de las académicas nacionales considera que ser mujer influye negativamente en su carrera profesional en cuanto a acceder a posiciones de liderazgo, y que esto es resultado de actitudes y prejuicios de sus jefes y de sus propios colegas (tanto hombres como mujeres).

Chile puede acercarse mucho más al desarrollo si nuestra cultura -que no comienza en el colegio sino en la mesa familiar-, se abre a aprovechar todo el potencial que las mujeres podemos aportar en todas las áreas, particularmente en ciencia, reducto mayoritariamente masculino. Para eso a cada uno nos cabe instigar, en nuestras hijas, nietas, sobrinas y ahijadas el amor por educarse, y la confianza en sus propias habilidades; en nuestros hijos, nietos, sobrinos y ahijados, la valoración a los talentos intelectuales de las niñas; y en todos, hombres y mujeres, un deseo de dividirnos, en partes equitativas, el esfuerzo que se necesita para construir familias que integren una sociedad más justa, con oportunidades para todos y todas.

Porque ser matea (o mateo) y esforzarse al máximo, no es ser nerd.

Y porque trabajando duro, nada es imposible.

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