El revés de la trama

Blog de Héctor Soto, periodista

Domingo 7 de agosto de 2016 josé piñera entrevista ii

Razones, datos, sentimientos

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Gusten o no gusten las formas y los énfasis que puso, lo cierto es que las dos intervenciones del ex ministro del Trabajo José Piñera en televisión cambiaron esta semana los ejes de la discusión sobre el futuro de los fondos de pensiones. Y los cambiaron básicamente porque él se negó a conversar sobre el futuro del sistema a partir de un clip preparado por TVN que, con datos al voleo, dio por hecho que el tema de las pensiones era un desastre.

Efectivamente, puede serlo. Hay cientos de miles de hogares de la tercera edad que perciben pensiones bajísimas. Pero ese no es un problema del sistema privado. En rigor, ese es un reflejo, una medida de lo frágil que sigue siendo nuestro mercado del trabajo, de lo poco que nos ha importado el crecimiento económico y el empleo formal, de lo mucho que le falta al país para convertirse en una sociedad moderna y de lo trastocadas que están las prioridades del Chile actual, cuando tenemos una administración y unas elites bienpensantes para las cuales mucho más importante que mejorarles las pensiones a los ancianos más vulnerables es financiarles la educación superior a los hijos de familias ricas. Con prioridades así, no nos quejemos de lo injusto que pueda ser Chile.

Lo que dijo José Piñera esta semana es que el sistema no era ningún desastre. Al contrario. Dijo que había funcionado bien. En lo que insistió una y otra vez es en que para evaluarlo con mínima objetividad era necesario primero limpiar los datos -cosa que la industria hasta ahora no ha sido capaz de hacer- y no seguirle cargando al sistema la precariedad de las pensiones que cobran quienes ahorraron poco porque en su vida activa trabajaron de manera esporádica, o porque subdeclararon ingresos para cotizar por el mínimo, o porque vivieron a salto de mata en las fronteras del subempleo y la informalidad. Sin lugar a dudas, es una injusticia cargarles ese muerto a las AFP. De ese muerto tiene que hacerse cargo la sociedad chilena como un todo; se trata, sin duda, de un problema social serio, que como país no hemos afrontado, a pesar de andar invocando a diestra y siniestra todos los días el valor de la solidaridad. Es cierto: esta es una herida de la seguridad social chilena. Pero no lo es de los fondos de pensiones. El sistema fue concebido para entregar pensiones razonables a partir de la rentabilidad que las administradoras pueden sacarles a los ahorros de los trabajadores y eso -mirado por donde se lo mire y medido como quiera que se lo mida- lo ha hecho razonablemente bien.

Ahora bien, más allá de las cifras, más allá de los datos objetivos que indican que las AFP han sido capaces de multiplicar hasta por tres el ahorro forzoso de los trabajadores en sus cuentas individuales, no hay que ser muy perspicaz para reconocer que este debate no se zanjará en el largo plazo en base a puros buenos argumentos y apelando a lógicas de estricta racionalidad. Por desgracia, esto se hará cada vez más difícil. Me lo decía una amiga esta semana y creo que está en lo cierto. Llega a veces un punto en la discusión social, cuando las polémicas y los desencuentros son permeados o dirimidos por valores, por sentimientos, por emociones, y cuando eso ocurre los argumentos simplemente no sirven para convencer, entre otras cosas, porque ya no se escuchan ni se procesan.

Hay razones para temer que este debate haya entrado a esa fase. Para una fracción de la ciudadanía, tal vez la más ideologizada, el sistema es genéticamente injusto por estar asociado en sus orígenes al gobierno militar. Fuera de ese grupo, también están quienes sienten, por buenas o malas razones, que mientras ellos trabajan hay otros que se están enriqueciendo con sus platas y, por lo mismo, ven a los directorios de las AFP, a sus accionistas, a las cúpulas ejecutivas, a las pompas y circunstancias de la industria, muy instalados en lo alto de la pirámide de la riqueza y el poder. Y eso, claro, gusta poco.

Es probablemente ahí, en ese factor más que en ninguna otra cosa, donde radica la gran desconfianza que inspira el sistema. Sesgada o no, esta es la percepción de mucha gente que, bien o mal intencionada, siente que ahí hay una asimetría feroz. Ese es el sentimiento que muchos periodistas, muchos curas, muchos profesores creen interpretar al decir que el sistema no sirve y que debe avanzarse a un modelo distinto -llámese de reparto, llámese solidario, llámese ciudadano- que esté libre de los reparos que se oponen al actual.

No va a ser fácil salir de este enjambre de valores, emociones, prejuicios y distorsiones. Desde luego, no ayuda a clarificar las cosas que el manejo de los datos en los medios, además de sesgado, sea muchas veces anecdótico, chapucero y superficial. Tampoco aporta mucha luz la voz de una academia que confunde peras con manzanas y que se refugia con frecuencia en verdades a medias o en lugares comunes políticamente correctos, no obstante saber que los sistemas de reparto están técnicamente quebrados en medio mundo. Mucho menos contribuye el hecho de tener una clase política que, con pocas excepciones, anda buscando rating a toda costa y que, en consecuencia, está dispuesta a embarcarse en soluciones populistas que pueden parecer muy atractivas hoy, pero que van a significar una bancarrota inevitable del sistema a muy corto andar.

Ya el país conoce -porque los estamos padeciendo- los efectos que puede tener un diagnóstico equivocado de la realidad. Es de esperar que esta vez no se cometa el mismo error.

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